Ciencia y los descubrimientos
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(Asimov, 2014, pp. 1-4)

4 000 000 a. J.C.

Bipedación

El primer avance humano fue de carácter biológico y consistió, precisamente, en alcanzar la condición humana.

Podemos preguntarnos qué convierte en humano a un humano; qué parte de él es lo suficientemente humana como para permitirnos señalarla de inmediato y afirmar: «Esto es humano. Sin ello, este organismo sería algo distinto.»

El ser humano de nuestros días ha evolucionado, claro está, muchas características que ahora se consideran humanas; tantas, que resulta difícil precisar una de ellas y considerarla la clave. Así pues, debemos retroceder en el tiempo, observando cómo la humanidad se torna más y más primitiva, menos humana, más semejante al mono.

Ahora debemos detenernos en algún momento en que nuestros antepasados ya están más cerca del ser humano que del mono. Cualquier organismo que sea más humano que el mono recibe el nombre de homínido (de una palabra latina que significa «hombre11»). Cualquier organismo que tenga más de mono que de humano se denomina póngido (de una palabra congolesa que significa «mono»).

Por lo tanto, podemos reformular la primera frase de este libro y leer: «El primer avance homínido fue de carácter biológico y consistió, precisamente, en alcanzar la condición de homínido.»

Si retrocedemos en el tiempo, estudiando los huesos y los dientes (los que quedan) de las primitivas formas de vida de los homínidos, llegamos a un organismo que tal vez tenía el tamaño de un chimpancé actual o algo menos, dotado de un cerebro no mayor que el de ese animal. Pero en un aspecto crucial se hallaba más cerca del ser humano que del mono; esta característica humana resulta tan obvia, que si nos fuera dado ver ese organismo hecho realidad, en seguida diríamos: «No es un mono.»

Era el primer homínido, y lo que lo convirtió en tal fue su bipedación. Caminaba sobre dos piernas, según nos permiten deducir la forma de su columna vertebral, su pelvis y sus fémures.

El hecho de que los seres humanos caminen sobre sus piernas se nos presenta como un rasgo característicamente humano. Somos, pues, bípedos (de las palabras latinas que significan «dos piernas»), mientras que otros mamíferos son cuadrúpedos (cuatro piernas).

Naturalmente, las aves caminan, corren o saltan con sus dos patas; de ahí que el filósofo griego Platón (h. 427-h. 347 a. J.C.) definiera al ser humano como un «bípedo implume». Pero con esto no basta, pues hay bípedos recubiertos de pelo (canguros y jerbos) o de escamas (varios dinosaurios) acerca de los cuales nada sabía Platón.

Consideremos, pues, la bipedación como criterio para diferenciar la condición humana de otras.

Los animales bípedos a menudo se limitan a utilizar dos patas porque las otras dos se han dedicado a alguna otra (y preferente) forma de locomoción. La mayoría de las aves han sido destinadas al vuelo y las patas delanteras se han transformado en alas con ese propósito. Los pingüinos son nadadores, y sus patas delanteras se han convertido en aletas. En uno y otro caso, la deambulación, la carrera o el salto son secundarios.

Pero tampoco faltan aves no voladoras, como las avestruces, para los cuales caminar o correr sobre dos patas constituye el único medio de locomoción. En tales casos, el cuerpo ha sido diseñado en consonancia y es esencialmente horizontal, con la masa distribuida de manera más o menos uniforme delante y detrás. Con las dos patas centradas, la bipedación es fácil de mantener mecánicamente. Esto es asimismo cierto para los reptiles y mamíferos bípedos, como el tiranosaurio y el canguro. Las largas colas contribuyen al equilibrio, y el cuerpo permanece esencialmente horizontal.

Pero supongamos que el cuerpo de un cuadrúpedo termina en las caderas y falta la cola para actuar como equilibrador. En este caso, la única manera de que el centro de gravedad del cuerpo se pueda mantener por encima de la parte posterior de las piernas es mantener la totalidad del cuerpo en posición vertical.

Algunos animales desprovistos de cola adoptan, en efecto, esa posición. Así, los osos y los chimpancés pueden mantenerse sobre dos patas e incluso caminar de esa forma, aunque está claro que no es la que les resulta más cómoda, y prefieren ayudarse con las patas delanteras. También los pingüinos mantienen su cuerpo erecto, pero son nadadores y se muestran torpes en tierra. Aunque pueden recorrer largas distancias caminando, si les es posible prefieren avanzar arrastrando el vientre sobre el hielo.

Así pues, el ser humano es un bípedo habitual, sin cola, y que se siente cómodo en esa postura. Pero ¡qué explica esa comodidad?

La explicación radica en que, inmediatamente encima de la pelvis, la columna vertebral se dirige hacia atrás en el ser humano, afectando una ligera forma de S y confiriendo una elasticidad a la deambulación que la hace cómoda. Nungún otro organismo posee esta curvatura de la espina dorsal en la cintura. (La bipedación también acarrea problemas: por ejemplo, hernias discales, sinusitis y caídas accidentales. Ninguno de estos inconvenientes tendría la misma importancia si los seres humanos estuvieran enteramente adaptados a la posición erecta.)

Los primeros homínidos fueron identificados por un antropólogo sudafricano de origen australiano, Raymond Arthur Dart (1893-1988), quien en 1924 halló una calavera de aspecto humano salvo por su tamaño, inusitadamente pequeño, en una cantera sudafricana de arenisca. En 1925, Dart llamó al tipo de organismo al que pertenecía la calavera Australopithecus (de las palabras griegas que significan «mono meridional»). Posteriores hallazgos pusieron en claro que no se trataba de un mono sino de un homínido, y hoy en día han sido identificadas al menos cuatro especies diferentes, todas las cuales se agrupan en la denominación australopitecinos.

En 1974, el antropólogo norteamericano Donald Johanson sacó a la luz un hallazgo sin precedentes: un esqueleto entero y antiguo de australopitecino hembra, al que se dio el nombre de Lucy. (Se puede diferenciar una hembra de un macho por la forma de la pelvis.) Las rocas donde fue encontrado permitieron atribuirle una antigüedad de unos cuatro millones de años.

Lucy constituye un ejemplo de Australopithecus afarensis: Afars es el nombre de la región de África centrooriental donde se hallaron los restos. Los australopitecinos vivieron sólo en África oriental y meridional, con lo que la cuna de la humanidad puede localizarse en esa zona.

Lucy tenía el tamaño de un chimpancé, pero su complexión era más ligera. Sus parientes australopitecinos parecen haber medido entre 0.90 y 1.20 m de estatura, y pesarían tal vez 30 kg. Sus cerebros no serían mayores que el del chimpancé y equivaldrían aproximadamente a la cuarta parte del nuestro.

Es probable que los primeros australopitecinos tuvieran la misma longevidad que los chimpancés, pasaban parte de su tiempo en los árboles, y su dieta era predominantemente vegetariana. No cabe duda de que no hablaban. Sin embargo, eran tan bípedos como nosotros, y caminaban sobre sus piernas con la misma facilidad y comodidad que el hombre.

¿Por qué los australopitecinos desarrollaron la incurvación hacia atrás de la espina dorsal? En otras palabras: ¿Por qué los procesos de la evolución «inventaron» el homínido?

Hace cuatro millones de años, la Tierra conoció un prolongado período cálido, y grandes animales tropicales, como elefantes, rinocerontes e hipopótamos, tendieron a perder su pelaje porque la insolación les hacía pasar excesivo calor. Por alguna razón, los homínidos también perdieron el pelo, pese a que eran mucho más pequeños que los demás mamíferos desnudos. Ignoramos en qué época se produjo esa pérdida.

Así pues, la Tierra que habitaban los australopitecinos se fue tornando más cálida. Los bosques redujeron su extensión y fueron reemplazados por sabanas. Aquellos organismos cuyo hábitat era forestal y que no abandonaron los árboles, se replegaron de forma natural junto con el bosque.

Algunos prehomínidos arborícolas lograron adaptarse a las sabanas de África centrooriental, y pasaban cada vez más tiempo fuera de los árboles. La transición debió de ser difícil. A medida que permanecían en el suelo períodos más prolongados, incrementaban su tendencia a apoyarse en las patas traseras a fin de otear por encima de la alta hierba, en busca de alimento o vigilando la presencia de predadores. Los que conseguían mantenerse en pie con más facilidad, tenían mayores posibilidaes de sobrevivir y de engendrar prole que heredara la incurvación de la columna. De este modo, lo que llamamos selección natural condujo a los prehomínidos hacia la bipedación y les imprimió un verdadero carácter de homínidos.

La bipedación tuvo efectos colaterales asimismo benéficos, que reforzaban la selección natural. Los miembros anteriores quedaron libres para algo más que para apoyarse. Las manos así liberadas podían manipular con más facilidad partes del entorno, tocarse y llevarlas a los ojos, orejas y nariz, de tal manera que el cerebro recibía un continuo caudal de sensaciones.

Cualquier cambio que en alguna medida ampliaba o tornaba más complejo el cerebro, permitía a éste asimilar con más eficacia aquel caudal de sensaciones, lo que se traducía en mayores oportunidades de supervivencia. De este modo, la selección natural condujo a cerebros mayores y mejores.

Los primeros australopitecinos, con un cerebro del tamaño del de un chimpancé, pero con un cuerpo más ligero, ahora ya presentaban una relación cerebro-cuerpo superior a la de cualquier póngido de entonces o posterior. Dado que la relación cerebro-cuerpo es un factor crucial de lo que llamamos inteligencia (con tal de que el cerebro sea razonablemente voluminoso), los australopitecinos fueron, con toda probabilidad, los animales terrestres más inteligentes de su tiempo.